John Lucas (Otras vidas, 19 de enero) fue mi editor de poesía durante más de 20 años. Aprecié mucho su contribución editorial, que consistió en algunas preguntas y sugerencias en su escritura a lápiz en los márgenes de los manuscritos, siempre respetuosa y comprensiva de lo que había tratado de transmitir. Un signo de interrogación me envió de regreso al trabajo, haciéndome ver dónde se necesitaban más cambios en lugares que él no había marcado. Siempre estaré agradecido por su guía intuitiva.
Sus cartas eran amables, alentadoras y entusiastas, firmadas con su habitual “Buena suerte, a toda prisa”.
Cristina McNeil
Como uno de esos poetas “consolidados pero pasados de moda” de los que habla Michael Eaton en el relato de John Lucas, me gustaría expresar mi agradecimiento por el cuidado y el apoyo constante que John, como editor de Shoestring Press, siempre ha brindado a mi trabajo.
Como capitán del XI equipo de críquet del personal de la Universidad de Nottingham, en el que ocasionalmente me encontraba, podía ser menos paciente y menos indulgente. “Si no puedes anotar unos cuantos malditos puntos”, gritó un día, mientras yo realizaba otro movimiento defensivo avanzado, “¡por el amor de Dios, sal y deja entrar a alguien que pueda!”
Juan Harvey



