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El silencio de los directores ejecutivos ya no es una opción

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Esta semana, la administración Trump amenazó con lanzar una guerra en dos frentes, uno contra los aliados de Estados Unidos y el otro contra su propio banco central. Las amenazas de la Casa Blanca de utilizar la fuerza para arrebatar Groenlandia a Dinamarca y el lanzamiento por parte del Departamento de Justicia de una investigación criminal sobre el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, constituyen ataques profundos e innecesarios a dos de los pilares más importantes del poder y la prosperidad estadounidenses: la OTAN y la independencia del banco central.

¿La respuesta de las empresas americanas? Un silencio ensordecedor.

Es casi imposible exagerar lo que está en juego. Para empezar, el uso de la fuerza contra el territorio de un aliado de la OTAN probablemente haría inevitables represalias económicas masivas del resto de la alianza contra Estados Unidos. Esto podría abarcar desde expulsar a las fuerzas militares estadounidenses de Europa, hasta deshacerse de las tenencias europeas de bonos del Tesoro estadounidense, o impedir que las empresas estadounidenses –particularmente aquellas consideradas cercanas a la administración– accedan a los mercados europeos. Al mismo tiempo, convertir a la Reserva Federal en una herramienta de política presidencial expondría a la economía estadounidense al tipo de presiones inflacionarias que han paralizado a países como Turquía y Venezuela.

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