La disputa entre el senador Mark Kelly y el secretario de Defensa Pete Hegseth se cuenta como una simple obra de teatro moral. Por un lado está la afirmación de que Kelly cruzó la línea y merece castigo. Por el otro, la insistencia en que Kelly es un héroe intachable y que la respuesta de la administración es una villanía. Ambos escenarios son reconfortantes. Ambos están equivocados.
Lo que más importa aquí no es quién pareció justo o imprudente en ese momento, sino qué sucede cuando la legalidad queda sin resolver. En este caso, el personal militar subalterno se encuentra en la posición de ejercer un juicio legal y moral sin autoridad, claridad o apoyo institucional significativos. Quienes toman decisiones quedan protegidos de las consecuencias; quienes los llevan a cabo corren el riesgo.
El episodio comenzó con un breve vídeo publicado a finales del año pasado por Kelly y varios otros miembros del Congreso –todos veteranos de la comunidad militar o de inteligencia de Estados Unidos– recordando a los miembros del servicio su deber de rechazar órdenes ilegales, un principio firmemente arraigado en la ley militar estadounidense. El video fue una respuesta a los recientes ataques marítimos estadounidenses en el Caribe y el Pacífico Oriental que plantearon serias cuestiones legales no resueltas según el derecho nacional e internacional, cuestiones que justificaban una presentación clara y pública por parte del Departamento de Defensa.
Esta contabilidad nunca llegó. En cambio, Hegseth calificó el video de “sedicio” y censuró a Kelly, un capitán retirado de la Armada, lo que provocó una revisión que podría despojarlo de su rango y pensión. En lugar de liderar, Hegseth intensificó la situación, una señal clara de cómo se manejaría la disidencia.
Según la ley militar estadounidense, el deber de rechazar órdenes ilegales no está diseñado para ser independiente. Esto supone que existe un sistema que funciona, uno en el que las legalidades se aclaran a través de canales legales y de mando antes de que un miembro del servicio individual se vea obligado a afrontar un momento de desafío personal. La negativa pretende ser una última garantía y no el mecanismo principal mediante el cual se hace cumplir la legalidad.
Este diseño sólo funciona cuando las instituciones hacen su trabajo. Cuando se deja de lado el asesoramiento jurídico y se evita la rendición de cuentas, el sistema colapsa. El juicio sobre qué debe resolverse institucionalmente está en manos de quienes ejecutan las políticas, a menudo bajo presión y sin ninguna protección institucional.
La disidencia castigada
Durante el año pasado, las estructuras destinadas a proporcionar esta claridad se han debilitado deliberadamente. Los altos mandos militares fueron destituidos. El asesoramiento jurídico fue dejado de lado o ignorado. Se evitaron las explicaciones públicas de autoridad legal. Al mismo tiempo, altos líderes civiles han enviado señales inequívocas de que el cumplimiento importa más que la claridad, y que cualquier disidencia –incluso legal– será sancionada en lugar de comprometida.
En este entorno, decirle a los militares que “rechacen órdenes ilegales” ya no funciona como protección. Se convierte en una trampa moral. La obediencia conlleva riesgos tanto personales como profesionales; la negativa puede resultar en un consejo de guerra, la pérdida de la carrera y sanciones severas si la sentencia resulta errónea. Los individuos con autoridad limitada deben resolver ambigüedades creadas muy por encima de ellos, a menudo sin apoyo legal ni cobertura institucional.
Nada en el vídeo en sí era ilegal o sedicioso. Estas críticas tampoco disminuyen el servicio legítimamente heroico de Kelly al país, un récord que se sostiene por sí solo. Pero la legalidad es un listón bajo para el liderazgo.
El personal militar no es niño y no necesita que se le proteja de decisiones difíciles. Son profesionales capacitados, capaces de reconocer y rechazar pedidos ilegales cuando sea necesario. El fracaso aquí no es que se les pida que emitan este juicio, sino más bien que los líderes han hecho que estos momentos sean predecibles y cada vez más rutinarios.
Lo que este episodio finalmente revela no es un desacuerdo sobre un video o un choque de personalidades, sino una convergencia de fallas de liderazgo, cada una de las cuales refuerza a las demás. Los miembros del Congreso expresaron preocupaciones legítimas, pero en gran medida prefirieron la expresión performativa a la confrontación institucional sostenida, a pesar de que las herramientas seguían a su disposición. Al hacerlo, evitaron la difícil tarea de controlar el Congreso, que a menudo atrae atención negativa y conlleva un costo político.
El silencio es sinónimo de complicidad
Hegseth no explicó la base legal de las operaciones en disputa ni reforzó la responsabilidad del comando. Acaba de imponer un castigo. Esto fue un abuso de poder, y cuando cuestiones legales no resueltas dan lugar a represalias en lugar de aclaraciones, la autoridad ya no se ejerce para proteger a la fuerza, sino que se utiliza para proteger a quienes están en la cima de la responsabilidad.
Los altos dirigentes uniformados también tienen responsabilidad. Los generales y los oficiales generales no son simples emisores de órdenes. Su deber es garantizar que las órdenes sean legales y defendibles antes de su ejecución. Cuando guardan silencio ante la ambigüedad –ya sea por deferencia o por arribismo– se vuelven cómplices de un sistema que protege a quienes deciden mientras denuncia a quienes deben actuar.
El resultado es predecible y corrosivo. El personal militar subalterno debe hacer frente a los efectos combinados de la evasión de responsabilidad y el abuso de autoridad. Se les pide que “rechacen órdenes ilegales” dentro de sistemas que han despojado de todo apoyo legal y cobertura institucional, mientras monitorean a los líderes que defienden a sus electores y castigan la disidencia.
Para quienes ejecutan políticas, este no es un debate académico. Éstas son realidades vividas. Los militares aprenden rápidamente si los aspectos legales se aclararán antes de actuar y si el juicio debe ejercerse con apoyo institucional o solo. Estas lecciones moldean el comportamiento de manera mucho más poderosa que cualquier eslogan o video.
Un ejército profesional no puede funcionar así por mucho tiempo. Depende de líderes –civiles y militares– que estén dispuestos a apropiarse de sus decisiones antes de que se pida a otros que las lleven a cabo. Cuando se abdica o se abusa de esta responsabilidad, el sistema avanza hacia la evasión y el silencio. Una vez arraigados, estos hábitos remodelan las instituciones mucho después del momento en que los produjeron.
Jon Duffy es un capitán retirado de la Armada. Escribe sobre liderazgo y democracia. ©2026 Los Ángeles Times. Distribuido por la agencia Tribune Content.



