La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos el viernes pasado derribando los amplios aranceles de Donald Trump (Informe del 20 de febrero) es un alivio bienvenido, aunque retrasado, para los millones de familias trabajadoras y pequeñas empresas que han pagado la factura de esta guerra comercial. Al aumentar el costo de los bienes cotidianos –desde comestibles hasta autopartes–, estos aranceles afectan más a los pobres, elevando los costos para el hogar estadounidense promedio en alrededor de 1.000 dólares solo en 2025.
La rápida decisión del Presidente de Estados Unidos de imponer nuevos aranceles bajo un mecanismo legal diferente corre el riesgo de extender la incertidumbre misma que la Corte trató de abordar. Para el pequeño comerciante de Londres o la familia del Medio Oeste estadounidense, la volatilidad no es teórica. Esto afecta los precios, la contratación y la supervivencia.
Los aranceles no deberían castigar a la gente corriente. Para que la soberanía económica tenga sentido, debe priorizar la estabilidad y la equidad. La política comercial debe fortalecer la resiliencia interna sin imponer costos desproporcionados a los consumidores y a las pequeñas y medianas empresas. La estrategia económica debe servir primero a las personas, no a los ciclos políticos.
Dayuan Li
Departamento de Desarrollo Internacional de Oxford



