La declaración del Palacio de Buckingham (el rey Carlos ‘dispuesto a apoyar’ a la policía por las acusaciones sobre Andrés, 9 de febrero) debería haber sido bienvenida, pero debería haberse hecho pública antes, porque reconoce la responsabilidad que tenemos por las acciones de los demás, no sólo las nuestras.
La violencia masculina contra mujeres y niñas no es dominio exclusivo de los ricos y poderosos. Esto es evidente en todos los ámbitos de la vida: a puertas cerradas, en la violencia doméstica, en el consumo de alcohol en clubes y pubs, en el tráfico y la violación de niñas por parte de bandas de reclutamiento de todas las etnias, en las oficinas de la Policía Metropolitana, en la mutilación genital de cientos de miles de mujeres en todo el mundo. Podría seguir.
En cada iteración, es una expresión de poder: poder sobre las mujeres, poder sobre otros hombres o poder creado y consolidado entre hombres. Sin embargo, hemos creado una narrativa reconfortante de que tales crímenes son cometidos por personas que son diferentes a “nosotros”, ya sea por su estatus socioeconómico, etnia o cultura. Esta narrativa del “otro” es una forma de distanciarnos, porque “nuestros” hombres –nuestros maridos, hermanos, hijos y padres– no cometerían tales crímenes contra las mujeres.
Necesitamos brindar un mejor apoyo a las mujeres y niñas que son víctimas de la violencia masculina. Necesitamos trabajar con los abusadores, pero también debemos desafiar a esa mayoría de hombres que no cometen abusos, pero que permanecen en silencio cuando saben que está sucediendo.
Estos hombres tienen la responsabilidad de desafiar la misoginia estructural, institucional e individual que nos rodea, porque cada vez que un hombre “normal” no la denuncia, está confabulándose con ella y permitiendo su perpetuación.
Aplaudo al rey por tomar esta dirección. Llamo a otros hombres para que lo sigan.
Sara Mulholland
Goldsithney, Cornualles



