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Ve rápido, rompe el mundo. La IA corre el riesgo de destruir nuestra realidad común.

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La inteligencia artificial está aquí: escribiendo párrafos, generando imágenes, imitando voces, dando forma a lo que miles de millones de personas ven todos los días, sea cierto o no.

Mientras observo cómo se desarrolla esta era, siento algo familiar: la incómoda sensación de que el poder se está acelerando mucho más rápido que la sabiduría.

Lo sentí de nuevo mientras veía la versión de Frankenstein del cineasta nominado al Oscar Guillermo del Toro. La película trata menos de nostalgia que de reconocimiento. Algunas historias regresan cuando la civilización alcanza un umbral. Mary Shelley escribió su novela en los albores de la era industrial. Resurge cada vez que la innovación va más allá de la reflexión moral.

Aquí estamos de nuevo.

He experimentado suficientes revoluciones en la comunicación como para reconocer el patrón. Recuerdo los ayuntamientos donde se verificaban los hechos porque se adjuntaban nombres y estaban en juego reputaciones. Muchos de nosotros creíamos que Internet fortalecería la democracia. No anticipamos lo rápido que la conexión podría convertirse en división.

Hoy nos encontramos en otro punto de inflexión en la historia.

El historiador Yuval Harari advierte que la IA es la primera tecnología capaz de generar narrativas por sí sola. La imprenta difundió historias. La radio los amplificó. Internet los ha acelerado. La IA crea para ellos una persuasión manufacturera a la velocidad de una máquina y a escala planetaria.

No se trata sólo de innovación. Se trata de una transferencia de poder sobre la percepción misma.

En Frankenstein, Víctor no es malvado sino ebrio de posibilidades. Quiere ser el primero. Lo consigue.

Y luego da un paso atrás.

El crimen de Víctor no es la creación; es un abandono. No ofrece garantías ni asume obligaciones duraderas. Se mueve rápido y cuando algo frágil se rompe, se va.

La criatura comienza siendo suave y curiosa, anhelando una conexión. Sólo después del rechazo y el aislamiento se vuelve violento. Shelley plantea la pregunta más difícil: ¿Quién es el verdadero monstruo: el ser que se vuelve loco en la miseria o el creador que rechaza toda responsabilidad?

Cuando Mark Zuckerberg defendió “Muévete rápido y rompe cosas” en Facebook, la velocidad se convirtió en una virtud y la escala en un triunfo. Si se produce un daño, éste será gestionado o aplazado.

Pero lo que rompe los sistemas que dan forma a la percepción no es el código. Es confianza.

Las redes sociales amplifican la información errónea y erosionan la confianza en los hechos compartidos. Hoy, esta cultura de aceleración está dando forma a la IA. Los votos sintéticos entran en las elecciones. Durante las crisis circulan imágenes fabricadas. La mentira evoluciona instantáneamente; la corrección cojea detrás.

La tragedia de Víctor no es que haya creado una vida. Es porque rechazó la mayordomía.

La inteligencia artificial no es un monstruo. Es prometedor. Esto puede acelerar los descubrimientos médicos y ampliar el conocimiento. Pero la democracia depende de una realidad compartida. Si la IA fragmenta los hechos en miles de millones de historias personalizadas, la verdad se vuelve negociable.

Este no es sólo un problema tecnológico. Es una cuestión moral.

El verdadero horror de Frankenstein fue un hombre brillante que desató su poder y se alejó de sus responsabilidades.

Si construimos sistemas que remodelen el pensamiento humano y luego nos escondamos detrás de ingresos trimestrales o desplazamiento pasivo, habremos repetido el error de Víctor. No estaremos en el laboratorio. Viviremos en el mundo que nos apresuramos a crear.

Las máquinas saben calcular. Pueden imitar. Pueden convencer. No pueden asumir la responsabilidad moral. Esta carga y privilegio siguen siendo nuestros.

Tom Debley es un periodista jubilado de East Bay y ejecutivo de asuntos públicos. Vive en Walnut Creek.

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