“Condenadme, no me importa. La historia me absolverá”. Busca en Google este desafío melodramático y leerás que así puso fin a su autodefensa Fidel Castro durante el juicio de 1953 por un ataque a un cuartel policial en el este de Cuba, hecho que lo catapultó al estrellato.
Sin embargo, es muy dudoso que Castro haya sido absuelto por su Creador después de su muerte en 2016. En 1959, impuso un estado marxista de partido único que ejecutó a miles de personas, envió a otros a gulags infernales, sumió a la otrora rica isla en su actual miseria y provocó el éxodo de una cuarta parte de la población de Cuba.
Y es poco probable que a su hermano Raúl, de 94 años, el verdadero poder en Cuba, le vaya bien después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo acusó el miércoles de asesinar a estadounidenses por su participación en el derribo de dos aviones en 1996.
Ambos Cessnas fueron pilotados por pilotos de la organización benéfica Brothers to the Rescue, con sede en Miami, que llevó a cabo misiones de búsqueda y rescate de fugitivos cubanos que se encontraban en peligro en el Estrecho de Florida.
La primera regla del paraíso socialista es que no se debe escapar de él. Por tanto, Raúl se cansó de las actividades de la asociación. Mientras era Ministro de Defensa, cargó sus cazas MiG de fabricación soviética en Cessnas. El avión civil explotó en bolas de fuego sobre aguas internacionales tras ser derribado por los MiG de Raúl.
De acuerdo a una grabaciónuno de los pilotos del MiG celebró con: “Le volamos los cojones”.
Más condenatorio para Raúl, porque establece que la matanza de estos estadounidenses tuvo lugar en aguas internacionales, es otra grabacion en el que dice: “Les dije (a los pilotos cubanos) que intentaran derribarlos en territorio (cubano), pero ellos (los pilotos de la Hermandad al Rescate) estaban entrando a La Habana y se iban… Bueno, tirarlos al mar cuando reaparecieran”. »
¿Qué pasa con Raúl ahora? El arresto el 3 de enero del dictador venezolano Nicolás Maduro, también acusado de cargos federales en Estados Unidos, sienta un claro precedente. Digamos que Raúl no duerme bien.
Incluso si nunca se ejecuta ninguna orden de arresto, la acusación se suma significativamente a la política arriesgada que ya está en marcha con Cuba.
Pero la acusación persigue un objetivo aún más importante. Estos crímenes son sólo cuatro de los muchos cometidos por los Castro habiendo perpetrado contra los estadounidenses, por no hablar de la sufrida población cubana. Por lo tanto, la acusación federal debería conducir, después del colapso del régimen, a un tribunal tipo Nuremberg que haría justicia a Raúl Castro, a toda su familia y a quienes “obedecieron órdenes” durante 67 años.
Llamémoslos Tribunales de La Habana.
Este tribunal no debe tener como objetivo vengarse, ni ser un tribunal títere, como los que tuvieron los Castro y sus acólitos después de 1959, que duró unos minutos y enviaron almas al pelotón de fusilamiento por el simple “crimen” de negarse a entregar sus tierras. Y no debería ser una Comisión de la Verdad y la Reconciliación, donde los criminales escapan a las represalias.
Lo que deben hacer los tribunales de La Habana es establecer qué hicieron los carniceros cubanos y por qué lo hicieron. Los cubanos, así como el mundo exterior, necesitan escuchar lo que sucedió en estos gulags y cómo las vidas de los ciudadanos se convirtieron en un infierno por el acoso constante. Y por supuesto, el tribunal debe imponer sentencias.
Pero determinar la culpabilidad individual no es suficiente por sí solo.
El tribunal es necesario para establecer, para siempre, lo que el comunismo hace a las naciones, a sus culturas, pero sobre todo a las personas y sus familias; cómo la constante elevación del Estado por encima del individuo termina carcomiendo su alma. Cómo la promesa de una utopía terrenal vuelve mesiánica a la gente y la inspira a aceptar cualquier atrocidad.
Lo necesitamos para que no haya más Zohran Mamdanis, ni AOC, ni Bernie Sanders, prometiendo igualdad cuando lo que la experiencia marxista siempre produce es algo como Cuba.
Esto es lo que hicieron los tribunales de Nuremberg de 1946 contra el nazismo. El hecho de que fueran detenidos explica en parte por qué hoy no existen nazis o fascistas serios.
La máscara debe caer. La revolución no sólo fue un desastre, sino una revolución construida sobre mentiras. Como el del discurso “la historia me absolverá”.
Había sin cámaras en esa sala del tribunal ese día. Luego Fidel Castro hizo una grabación y la difundió. La historia debe tomar nota.
Micrófono González es miembro senior de la Heritage Foundation y coautor de “Marxismo de próxima generación: qué es y cómo combatirlo”.



