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Tras el ataque de Trump, los venezolanos necesitamos saber qué viene después: autoritarismo o democracia | Jesús Piñero

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IEn 1936, los venezolanos aprendieron por primera vez lo que significaba la transición a la democracia. Si bien este no es el único período de transición que vivirá el país (ya que el proceso iniciado en 1958 consolidó un régimen político más abierto y duradero), el transición de 1936 fue más largo y complejo, similar a lo que viven los venezolanos hoy después de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026.

Coromoto Escalona, ​​una mujer de 35 años, se encontraba preparando el biberón de su bebé cuando escuchó ruidos extraños en la casa. Eran las dos de la madrugada. Se preguntó si el refrigerador estaría roto porque a veces hacía ruidos extraños cuando estaba dañado. Su hija mayor, que navegaba por WhatsApp, gritaba desde su dormitorio: “Mamá, nos están bombardeando”. Ambos dejaron lo que estaban haciendo, cogieron lo imprescindible -la botella, agua y algo de comida- y corrieron hacia una habitación subterránea de su casa, una antigua mansión colonial en La Pastora, un barrio obrero del centro de Caracas.

El testimonio de Coromoto es uno de los muchos que se escuchan en Caracas estos días, una semana después del ataque militar estadounidense a la capital venezolana que terminó con la captura de Maduro. Este evento, dicen otros residentes de Caracas, parece una repetición de lo que vivieron el 4 de febrero de 1992, cuando la ciudad también fue bombardeada, no por Estados Unidos, sino por oficiales militares de Hugo Chávez, que se habían levantado contra el sistema democrático existente. Fueron necesarios muchos años para establecer y consolidar la estructura existente en el momento de los ataques de Chávez (poco más de tres décadas en el último siglo).

Para comprender la profundidad de este momento, es necesario remontarse a 1936, cuando los venezolanos experimentaron por primera vez lo que significaba una transición política: un giro hacia la democracia con relativas garantías de libertad, como suele ser el caso en tales contextos. Después de la muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935 –hasta ahora el dictador con más años de servicio en la historia del país– su Ministro de Guerra, Eleazar López ContrerasLo sucedió como presidente y logró conducir a la nación hacia un régimen moderadamente democrático: se abrieron cárceles políticas, se concedió libertad de expresión y se diseñó un programa de modernización.

En ese momento, se necesitaban al menos dos factores: voluntad política y una presión sostenida desde las calles. La manifestación del 14 de febrero de 1936 sirvió de catalizador para las reformas que siguieron, a pesar de las numerosas víctimas. Esto no quiere decir que no hubiera contradicciones: en la transición de 1936 –término utilizado por uno de los protagonistas del momento, Ramón Díaz Sánchez – También hubo represión y persecución a quienes pensaban diferente. No fue un cambio espontáneo e inmediato.

Aunque esta transición fue la más compleja en la historia de Venezuela, no fue la única experiencia de cambio político en el país. En 1958, la sociedad venezolana volvió a vivir un escenario similar: la caída de Marcos Pérez Jiménez (para muchos, el último dictador venezolano del siglo XX), cuando se instauró un régimen consensuado basado en partidos políticos y alternancia en el poder, sistema que, a pesar de sus luces y sombras, se convirtió en el más fuerte de América Latina. El país ha abierto sus puertas a miles de migrantes de Europa, América Latina y Medio Oriente; aseguró transferencias pacíficas de poder entre dos partidos diferentes; desarrolló su producción de petróleo a su máximo potencial; y logró neutralizar el extremismo dominante de la Guerra Fría.

Precisamente contra este régimen político se dirigieron las acciones de Chávez en 1992, lo que llevó a su encarcelamiento. La existencia de un Estado de derecho le permitió salir en libertad y asumir la presidencia sin mayores contratiempos en febrero de 1999, bajo la consigna de reconstruir el Estado con los ideales de Simón Bolívarfigura principal de la independencia nacional, y en nombre de quienes más lo necesitan. La concentración de poder provocada por la nueva constitución amplió la autoridad del presidente a niveles sin precedentes. Lo que siguió fue predecible en tales circunstancias: el poder se ejerció por razones de conveniencia personal y contra aquellos a quienes consideraba enemigos. Antes de su muerte en marzo de 2013, había instado a los votantes a apoyar a Maduro (entonces vicepresidente) en caso de que quedara permanentemente fuera del cargo.

Y eso es lo que sucedió: en 2013, los venezolanos eligieron a Maduro como presidente en una votación controvertida. El panorama social ya era sombrío, ya que las decisiones tomadas durante el gobierno de Chávez comenzaron a tener graves consecuencias para la economía. Lo que siguió fue otra transición que, a diferencia de las de 1936 y 1958, no apuntaba hacia la democracia sino hacia un régimen más opresivo marcado por características totalitarias. Maduro ha reprimido por la fuerza a la oposición, perseguido y torturado a miles, asesinado a cientos y empujado a millones de venezolanos al exilio. Se alineó con algunos de los regímenes menos democráticos del mundo, que explotaban los recursos del país a cambio de alianzas estratégicas antioccidentales. En julio de 2024, ignoró los resultados electorales y obligó a los líderes de la oposición a pasar a la clandestinidad.

Esto siguió siendo así hasta el 3 de enero de 2026, o al menos así parecía una semana después del ataque de Donald Trump. Hoy, los venezolanos se enfrentan una vez más al dilema de la transición política, sin saber si conducirá a un sistema democrático u otra forma de gobierno autoritario. Después de 27 años de esto último, naturalmente esperamos lo primero. Esta esperanza se refleja en los llamamientos a la liberación de los presos políticos, el fin de la censura de los medios de comunicación, el respeto de los derechos humanos y el regreso de los obligados al exilio.

Nada de esto ha sucedido hasta ahora. Sin embargo, hay una tensión palpable en el aire, que oscila entre el miedo y un cauteloso sentido de celebración, no porque confiemos ciegamente en Trump, cuyos intereses no necesariamente se alinean con la democratización venezolana, sino porque sentimos que este momento ofrece una oportunidad real para el cambio. Este sentimiento tampoco está arraigado en la creencia de que la historia es cíclica o que simplemente “rima”, como sugirió una vez Mark Twain. Más bien, surge de la propia experiencia de Venezuela: como muestra la historia, esta no es la primera vez que el país enfrenta un momento de este tipo en su pasado republicano.

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Faustino Falcón
Faustino Falcón es un reconocido columnista y analista español con más de 12 años de experiencia escribiendo sobre política, sociedad y cultura. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid, Faustino ha desarrollado su carrera en medios nacionales y digitales, ofreciendo opiniones fundamentadas, análisis profundo y perspectivas críticas sobre los temas m A lo largo de su trayectoria, Faustino se ha especializado en temas de actualidad política, reformas sociales y tendencias culturales, combinando un enfoque académico con la experiencia práctica en periodismo. Sus columnas se caracterizan por su claridad, rigor y compromiso con la veracidad de los hechos, lo que le ha permitido ganarse la confianza de miles de lectores. Además de su labor como escritor, Faustino participa regularmente en programas de debate televisivos y podcasts especializados, compartiendo su visión experta sobre cuestiones complejas de la sociedad moderna. También imparte conferencias y talleres de opinión y análisis crítico, fomentando el pensamiento reflexivo entre jóvenes periodistas y estudiantes. Teléfono: +34 612 345 678 Correo: faustinofalcon@sisepuede.es