La industria de la animación española utilizó el Festival de Málaga para defender su caso: el talento está ahí, el alcance de las exportaciones está probado y el apetito global es real, pero a menos que el país pueda financiar, proteger y desarrollar mejor su propia propiedad intelectual, seguirá creando valor que terminará en otra parte.
Este fue el hilo conductor de Animación Global Desde España, una de las primeras mesas redondas de la sección Mafiz Nuevas Tendencias del Festival de Málaga, moderada por Carmen Páez, subsecretaria del Ministerio de Cultura de España.
Apoyado por la plataforma de promoción Spanish Screenings Content, el panel reunió a Raúl Rocha de Illusorium Studios, Manuel Sicilia de Rokyn Animation, Sergio Jiménez de Pinkman TV, Jordi B. Oliva de Imagic TV y Daisy Cruz, presidenta de MIA, la asociación Mujeres Españolas en la Animación.
Páez comenzó con cifras de la organización Diboos toon que pusieron de relieve el creciente peso de la animación en la economía audiovisual española. El sector de animación y efectos visuales de España generó 604 millones de euros (701 millones de dólares) en 2023, señaló, y el 70% de los ingresos provinieron de las exportaciones. El país cuenta con más de 300 empresas, aunque la base industrial sigue muy fragmentada: el 75% está formada por microempresas y el 19% por pequeñas empresas. Entre 2020 y 2024, España produjo alrededor de 350 obras de animación, entre ellas 33 largometrajes, 62 temporadas de televisión y más de 240 cortometrajes.
Los números indican la escala real. Lo que los panelistas dejaron claro, sin embargo, es que esta escala aún no se ha traducido en un apalancamiento industrial real.
De la solidez del servicio a la propiedad de la propiedad intelectual
Raúl Rocha, del galardonado estudio madrileño Illusorium, detrás de la película nominada al Oscar “El fantasma de la Quinta” y cuyos créditos recientes también incluyen “Secret Level” de Prime Video, marcó la pauta al abordar uno de los problemas de percepción más antiguos de la animación. “La animación es cine”, afirmó, “y no un género o una subcategoría”, rechazando la persistente tendencia a tratarla como una película infantil o un sector secundario del cine. La animación, argumentó, es un medio capaz de contar cualquier tipo de historia y al mismo tiempo generar trabajos de un orden muy diferente al de la acción real. “Una sola película de animación puede mantener trabajando a entre 200 y 300 personas durante dos o tres años, en comparación con los plazos mucho más cortos de la producción física”, afirmó.
El punto más amplio de Rocha fue estratégico. España, explicó, no puede seguir hablando de crecimiento sin decidir primero qué tipo de potencia animadora quiere ser. El país ya es considerado muy confiable en servicios –con precios competitivos con los de Estados Unidos y a menudo más confiables que territorios de menor costo–, pero eso no equivale a controlar la cadena de valor. “España debe decidir dónde quiere posicionarse a nivel global y luego desarrollar el marco político y comercial correspondiente. »
Esta preocupación por la apropiación es evidente en casi todas las intervenciones de la mesa redonda. Jordi B. Oliva, cuyos créditos recientes en animación en Imagic TV incluyen el largometraje “Josep” y la serie “Jimmy y la llave mágica”, afirmó que el reto de España ya no es simplemente participar en producciones internacionales sino dirigirlas. “Queremos convertirnos en tractores de proyectos”, dijo, y las empresas españolas dirigen sus producciones en todo el mundo en lugar de vincularse a socios extranjeros más fuertes. El verdadero objetivo, añadió, es “generar propiedad intelectual en España” y mantener esa propiedad intelectual en español desde el principio.
Financiación, talento y brecha de competitividad
Daisy Cruz presentó un argumento relacionado desde la perspectiva del talento y el desarrollo de la industria a largo plazo. “La animación es global”, dijo, describiéndola como una industria que se mueve más fácilmente que la acción real y ofrece múltiples vías para lanzar, vender y ampliar un proyecto. Pero cree que con demasiada frecuencia las empresas españolas carecen de las herramientas financieras para industrializar sus propias ideas y mantener el control de sus derechos. El resultado es que España se convierte en “un exportador de artistas” en lugar de un lugar donde estos artistas puedan construir carreras estables en torno a creaciones locales.
Sergio Jiménez, productor de Pinkman TV, cuyos créditos incluyen “Love, Death + Robots” de Netflix, llevó la conversación hacia un terreno industrial más difícil. Para las empresas de animación, afirmó, la internacionalización no es una aspiración sino una opción predeterminada. “Es nuestro pan de cada día”, afirma. La verdadera pregunta es cómo quiere competir España y qué tipo de “mapa mental” deberían tener los compradores internacionales cuando piensan en la animación española.
Jiménez advirtió contra el consuelo de alentar las cifras generales. El sector puede parecer saludable sobre el papel, dijo, pero el verdadero punto de referencia es la competitividad internacional. En comparación con Irlanda, Francia, el Reino Unido, Canadá o Estados Unidos, España todavía enfrenta fricciones estructurales. Las empresas necesitan “rapidez, libertad y certeza”, argumentó: velocidad de ejecución, libertad para operar competitivamente y seguridad jurídica que les permita desarrollar estrategias de largo plazo en torno al desarrollo, la financiación y las exportaciones.
Esta preocupación alimentó uno de los debates más acalorados de la sesión: apoyo público, incentivos y la línea entre espíritu empresarial y dependencia. Varios oradores sostuvieron que el apoyo al desarrollo es más valioso que la ayuda una vez que los proyectos ya están avanzados, porque es en el desarrollo donde se construye la propiedad intelectual sostenible. Oliva también señaló una debilidad específica del marco español: la falta de apoyo nacional dedicado a las series animadas, a pesar de la capacidad del formato para generar empleos sostenibles, viajar globalmente y crear valor de marca a largo plazo.
IA, autoría e industria en la encrucijada
La IA ha abierto otra línea de falla, pero no simple. Cruz describió la IA como una herramienta que ya está ingresando a los flujos de trabajo, aceptable siempre que se use de manera ética y con una comprensión clara del proceso. Rocha adoptó una línea más dura, argumentando que la “IA ética” es difícil de defender si los conjuntos de datos subyacentes se construyeron en el hardware adecuado. Manuel Sicilia, cuya experiencia creativa incluye “El lince desaparecido” y “Justin y los caballeros del valor”, acentuó la división con la frase más memorable de la sesión: “Deja que la IA lave los platos y déjame pintar lo que pinto”. » Sus comentarios no fueron tanto antitecnológicos como favorables a la paternidad. La IA puede ser útil para manejar tareas repetitivas, pero no debería reemplazar la intención, los detalles y el juicio creativo humanos que mejor definen la animación.
Al final, Páez encuadró perfectamente el debate. Según ella, la mayor fortaleza de la animación española reside en los contenidos; sus mayores desafíos residen en el financiamiento, la seguridad jurídica, la tecnología y la estructura del mercado. Nadie en Málaga parecía dudar del talento español. La impaciencia se dirigió a otra parte: hacia la falta de herramientas industriales suficientemente robustas para responder a la ambición creativa del sector.
Al finalizar la sesión, Oliva resumió la frustración de la industria en un simple llamamiento: “Somos muy buenos en lo que hacemos. Triunfémoslo”.



