‘WLo que más me repugna son los hombres buenos”, le dice una trabajadora sexual de Guinea-Bissau a Sérgio (Sérgio Coragem), un ingeniero ambiental portugués que trabaja para una ONG en un proyecto de construcción de una carretera en el país y que lucha por actuar, como si su vida privada dejara escapar una duda fundamental sobre su papel en África.
Hay una buena dosis de autoflagelación sobre el paternalismo y la hipocresía occidentales en el quinto largometraje de Pedro Pinho, pero es bastante inteligente saber que esta angustia, que se extiende a lo largo de tres horas, es otra forma más de privilegio del hombre blanco. Visto por primera vez caminando a través de una tormenta de arena como uno de los vagabundos existenciales de Antonioni, Sérgio parece querer evitar pensar en las dinámicas de poder que juegan a su alrededor. Estar “aquí ahora”, en el momento, es su superpoder, como le dice a Gui (Jonathan Guilherme), la noble drag queen brasileña con la que sale. El grupo de género fluido de Gui, que se reúne en el bar regentado por la estafadora del mercado Diara (Cleo Diára), es una utopía racial y sexual dispuesta a aceptar a cualquiera, incluido este expatriado blanco. Pero, como entiende Gui, la bisexualidad de Sérgio refleja algo evasivo, incluso oportunista, en él. Vive tanto en el enclave de expatriados como en la calle, sin pertenecer a ninguno de los dos.
Pero el estatus de no alineado de Sergio lo convierte en el vehículo ideal para espiar las relaciones poscoloniales desde todos los lados. Las opiniones están divididas sobre si la carretera será un impulso económico o un flagelo ambiental; cuestiones destacadas por la pobreza, la corrupción y la violencia, como lo puso de relieve la misteriosa desaparición del predecesor de Sérgio; El empresario local Horatio, que canta al progreso, no quiere hablar de ello. Estos muchos tonos de gris quedan oscurecidos por el paraíso cacofónico de Guinea-Bissau, pero Pinho nunca pierde de vista la hipocresía blanca. Los escrúpulos son un lujo, le recuerda Diara a Sérgio cuando éste rechaza el tapón de 150.000 euros de Horacio.
Con sus largas y serpenteantes escenas de conversación, Pinho carece del tipo de concisión visual que cineastas como Claire Denis o Ulrich Seidl aportan a investigaciones neocolonialistas similares. Pero hay algo cálido y humano en la forma en que deja que todo flote en estos largos y reflexivos intercambios, incluyendo, indirectamente a través de Sérgio, su propia complicidad como espectador blanco. La película busca y negocia continuamente su posición en cuestiones económicas y raciales, sobre todo en una tonificante escena de sexo final en la que Sérgio se encuentra una vez más en el medio. A pesar de todas sus inseguridades, Pinho sabe que lo personal siempre es político.



